Secuencia de fotos mostrando la llegada de la primera remesa de vacunas del COVID-19:
domingo, 27 de diciembre de 2020
Las primeras vacunas contra el COVID-19
sábado, 24 de octubre de 2020
C13 On Revolution - Final examination
Corre por ahí un el examen final de la asignatura C13 On Revolution, de marzo de 1961, impartida por Hanna Arendt, que guardo aquí a beneficio de inventario. No sé si en nuestras facultades de Ciencias Políticas se hacen exámenes así.
domingo, 11 de octubre de 2020
Apuntes de una noche inolvidable
A beneficio de inventario, transcribo aquí una crónica publicada en La Vanguardia por Agustí Calvet, Gaziel, el 11 de octubre de 1934. El texto original puede consultarse aquí y aquí.
Para los catalanes de mañana.- Apuntes de una noche inolvidable.- Tomados al hilo de los acontecimientos durante las jornadas de los días 4, 5, 6 y 7 de octubre de 1934.
Jueves, día 4.- A las seis y cuarto o seis y media de la tarde, estando yo en mi despacho, me entran la lista del nuevo Gobierno Lerroux, que acaban de transmitir los teletipos de la Delegación de La Vanguardia en Madrid. En seguida me digo: esto va a ser el botafuego. A los elementos exaltados de la Generalidad, ese Gobierno, que nada tiene de temible, les va a hacer el mismo efecto que le hace a un toro un trapo rojo.
Me quedo largo rato perplejo. Tengo compuesto, en pruebas, encima de la mesa, un artículo mío, escrito para mañana viernes. Se titula Las armas de la Generalidad, y lo he escrito expresamente ante los anuncios bélicos, a mi juicio catastróficos, que me traen mis informadores cerca del Gobierno de Cataluña. En ese artículo defiendo un criterio diametralmente opuesto al que parece va dominando por momentos en la Generalidad. ¿Qué hacer? Si lo publico, según como vayan las cosas, me expongo a que me acusen -como otras tantas veces- de derrotista, de mal patriota. Pero la hora es demasiado grave. Mi deber de catalán, mi honradez de publicista es claro. Aprieto el botón de un timbre. Entra un ordenanza. Le doy las pruebas de mi artículo: «Que se publique mañana».
Viernes, 5.- Paro general, dispuesto por elementos al servicio del Gobierno de Cataluña. Cosa nunca vista: un paro de esta clase, organizado por el Poder público.
En fin: desde mi casa de Sarriá hay que bajar a Barcelona. No circulan trenes ni tranvías. Apenas hay algún taxi. Bajo en un auto de alquiler que casualmente lleva patente particular y parece un coche propio. A pesar de ello, en la calle de Balmes, ante la Confederación de la Industria Taxista, nos detienen en forma destemplada. Aducimos algunas razones y, mientras vacilan, continuamos. Llego al periódico. Recibo informes toda la mañana. Las cosas parecen agravarse. En la Generalidad hay un optimismo, una actividad, una fiebre realmente extraordinarios.
A la hora convenida para volver a casa, no encuentro en la calle mi auto de alquiler. ¿No habrá podido venir? ¿Le habrá ocurrido algo? Apenas circula algún vehículo. Las calles rebosan de gente que sale de los despachos medio cerrados o viene de «ver qué pasa», y se dirige a comer. Yo no puedo ir a Sarriá, para volver por la tarde y regresar por la noche, siempre andando. Comeré en el restorán.
Imposible: todo está cerrado. Llamo en algunos establecimientos. No me contestan. Incluso en varios hoteles veo las sillas del comedor encima de las mesas. Un detalle admirable: sólo están abiertos los estancos. Solución: comeré algo en el periódico mismo, de una taberna vecina que está en la calle de Tallers. Y, en efecto, de allí me traen un par de platos populares. Pero lo extraordinario son los postres.
Estaba terminando de comer, cuando se me presentan, como llovidos del cielo, cinco hombres con otras tantas pistolas. Uno lleva pantalón corto y polainas, otro viste de mecánico, y los demás, como obreros cualesquiera. ¿Por dónde han venido? No sé. ¿Quiénes son? Tampoco. Pero lo que quieren es indudable. Apuntándonos unas armas magníficas, unas estupendas pistolas de repetición, nos echan materialmente a la calle a todos cuantos nos hallamos en el periódico, con gestos harto expresivos y frases poco corteses. Y nada más. ¡Pues, señor, sí que están poniendo bien las cosas!
Damos una vuelta hasta la plaza de la Universidad y volvemos al periódico. No habrá manera de sacarlo mañana. Los obreros han recibido orden de paro. Se hacen difíciles las comunicaciones. Digo a todo el personal que se retire, y a las siete de la tarde me voy también a mi casa, hasta Sarriá, andando. La calle de Muntaner y el paseo de la Bonanova, casi desiertos. El alumbrado brilla en la noche serena, demasiado bochornosa, casi de verano todavía. El aire sólo sopla a intervalos. De los jardincitos que rodean las «torres» vienen ráfagas perfumadas de jazmín invisible.
Después de cenar escuchamos lo que dice la radio. La emisora de Radio Barcelona, informada por la Generalidad, esparce noticias graves, de Eibar, Mieres, Medina de Rioseco, El Ferrol, Cartagena, etc. En Madrid la situación no es muy clara. ¿Qué habrá de todo eso?...
Sábado, 6.- A primera hora la radio sigue dando noticias parecidas a las de anoche. Bajo al centro de Barcelona, hasta La Vanguardia, a pie. Las cosas van empeorando durante la mañana. En las calles circula mucha menos gente que ayer. El paro prosigue y se intensifica, por orden gubernativa.
A las doce y cuarto, estando en mi despacho, solo, en la casi completa soledad de los talleres y oficinas del periódico, oigo inesperadamente, por el aparato de radio, que el consejero de Gobernación, señor Dencás, anuncia la salida a la calle de los somatenes adictos a la Esquerra para que garanticen, dice, el orden público contra la F.A.I. ¿contra la F.A.I.? Me quedo pensando qué habrá en el fondo de esa extraña orden. Esto se pone feo. A las dos menos cuarto me voy a comer a casa de mis amigos S., que viven en el Ensanche, para no tener yo que ir a Sarriá.
Subiendo por el paseo de Gracia me encuentro, en el cruce con la Gran Vía, frente a la Horchatería Valenciana, a un grupo de somatenistas recién salidos a la calle. Van sin orden alguno y llevan las armas como mejor les parece. Un pasante dice con admiración: «Todas son Winchester».
Un poco más arriba, exactamente ante el edificio de Lliga Catalana, veo bajar por el paseo central un automóvil descubierto, a gran velocidad. Lleva dos hombres delante y dos detrás. La carrocería es de color oscuro, con un ribete rojo, y tiene plegada la capota gris. El hombre que va en el asiento de atrás, a la derecha, es Badía, el famoso ex jefe de los servicios de policía de la Generalidad. Con la cabeza descubierta y los cabellos negros echados al viento, su cara enjuta y morena tiene una expresión satisfecha, casi risueña, de mando resuelto y de seguridad en sí mismo... Un poco más arriba del paseo, ante el Círculo Ecuestre, hay un numeroso grupo de socios a la puerta, mirando todavía, como embobados, hacia el auto que desapareció a lo lejos.
Llego con retraso a casa de mis amigos S., que me esperan para comer. Y apenas entro, mis informadores me laman al teléfono. Las noticias son francamente malas, Dencás -me aseguran- ha desbordado a Companys (que, según dicen, no se enteró de la salida a la calle del somatén armado hasta que ya estaba hecha); pero Badía está desbordando a Dencás y es el verdadero dueño del momento. Los elementos de la Alianza Obrera, por su parte, han entrado en gran actividad, requisando todos los autos particulares que encuentran e instalándose en algunos edificios ajenos, como el antiguo local de Fomento.
A los pocos minutos, otra llamada. Mi informador me asegura, esta vez, que «los de la Generalidad van a jugar fuerte». Entre cuatro y cinco de la tarde se espera una declaración sensacional. Yo me resisto a la noticia: todavía creo en el seny catalán... Y después de comer, unos amigos me llevan en auto a mi casa.
Tarde interminable. No puedo hacer nada, ni leer, ni distraerme. Un desasosiego interior me atormenta con insidiosos, con indefinibles presentimientos. Me siento junto al luminoso ventanal abierto. Desde las alturas de mi casa diviso a Barcelona extendida a los pies de Montjuich, con una ancha franja de mar a ambos lados de la montaña y el cielo inmenso abierto encima. No sé por qué me quedo varias veces absorto, contemplando ese panorama familiar, archisabido, que veo todos los días, pero que hoy parece tener un significado misterioso, profundo distinto del ordinario.
A cada momento me levanto. Se me ha estropeado el teléfono. Estoy, pues, incomunicado. Entonces me refugio en la radio, al acecho de la declaración anunciada, que se va retrasando de hora en hora. Por fin, al atardecer, nos dicen que el Presidente de Cataluña hablará al pueblo a las ocho desde el balcón de la Generalidad. Salgo a dar un paseo para distraer la impaciencia, y a las ocho en punto estoy de vuelta y ante el aparato.
No se hacen esperar mucho. Conectan con el propio balcón de la Generalidad. La silenciosa estancia donde yo escucho inunda de un bronco rumor, como de hervidero humano. Es el gentío apiñado en la plaza de la República. Miro al paisaje, aguardando. La masa de la ciudad lejana aparece inmóvil, serena, bajo la noche en calma. Parece mentira que de aquel fondo plácido pueda brotar ese rumor de marejada ardiente. Se oyen pasos. Alguien se acerca al balcón. Es él: el Presidente. Es Companys. Una estrepitosa ovación saluda su presencia ante el pueblo. Alguien le habla al lado, en voz baja, en tono vivo, como si le azuzara. Y la voz característica del Presidente, con su acento leridano, se alza en medio de un silencio imponente: Catalans!... Habla fuerte, habla tan claro, tan firme, que seguramente está leyendo lo que dice. Y sus palabras son como otros tantos relámpagos. Proclama el Estado Catalán dentro de la República Federal Española, ofrece asilo al Gobierno provisional que se forme y, finalmente, rompe las relaciones con el Gobierno de Madrid.
Es algo formidable. Mientras escucho me parece como si estuviera soñando. Eso es, ni más ni menos, una declaración de guerra. ¡Y una declaración de guerra -que equivale a jugárselo todo, audazmente, temerariamente-, en el preciso instante en que Cataluña, tras largos siglos de sumisión había logrado, sin riesgo alguno, gracias a la República y a la Autonomía, una posición incomparable dentro de España, hasta erigirse en su verdadero árbitro, hasta el punto de poder jugar con sus gobiernos como le daba la gana! En estas circunstancias la Generalidad declara la guerra, esto es, fuerza a la violencia al Gobierno de Madrid, cuando jamás el Gobierno de Madrid se atrevió ni se habría atrevido a hacer lo mismo con ella. Y eso, ¿por qué? Por una República Federal Española que nadie pide en España, cuando menos ahora, y por un Estado Catalán que, dada ya la existencia de la Generalidad, no se necesita para nada... Estoy bañado en sudor, realmente aterrado. Y luego me doy cuenta, porque ya no escucho, de que han quitado la comunicación con el palacio presidencial.
Me levanto casi tambaleando, como el hombre a quien acaban de dar varios mazazos en la frente. ¿Era, pues, verdad? Esto ya no tiene remedio. Y como creo conocer un poco a Companys, y no le tengo por loco, ni menos por imbécil, me digo que, cuando él ha hablado así, de tan espantosa manera, con sus razones contará y con sus medios a mano, seguros, infalibles. Y entonces me asusto más todavía, porque me digo que sin duda nos aguardan terribles acontecimientos, una verdadera guerra civil, larga, feroz e incalculable...
Después de hacer como que cenamos, vuelvo a escuchar la radio. No dice nada interesante. ¡Y algo debe ocurrir, sin embargo, por esos mundos de Dios! Pero he ahí que, a las diez y media, bruscamente, nos anuncian que las tropas del Gobierno de Madrid han intentado asaltar la Consejería de Gobernación, pero han sido rechazadas. ¡Ah, Dios mío! ¡Ya se armó la cosa!
Entonces comienza la noche terrible, la trágica noche que los catalanes no podremos olvidar jamás. Lo digo sin exagerar lo más mínimo: la peor noche de mi vida. Una vela espantosa, hasta rendirme, hasta extenuarme, ante ese aparato infernal, pendiente de las cosas fantásticas, monstruosas, enloquecedoras, que de él van brotando. Nunca sentí con tanta fuerza, ni con tal impotencia de mi parte, la pesadumbre abrumadora de un destino adverso.
Poco después del primer ataque, anuncian otro al Palacio de la Generalidad. Esta vez, a través del micrófono, mezcladas con las palabras, oímos claramente el crepitar de las descargas. Mientras escucho el combate invisible, por el amplio ventanal de mi estancia, abierto a la frescura de la noche oigo las mismas detonaciones, pero en otro plano y en tono distinto, resonando a lo lejos, en el seno de la oscura masa urbana sumida en la sombra y salpicada de puntos de luz. Viene del fondo un rumor retumbante. Y, en seguida, la radio anuncia que la artillería está bombardeando el Centre de Dependents, en la Rambla de Santa Mónica. Pero nos dicen que también los artilleros han sido puestos a raya y que las fuerzas de la Generalidad triunfan en todas partes. No lo entiendo bien, ni puedo figurármelo, pero sigo escuchando con el alma pendiente de un hilo.
Empiezan las horas de locura. Cada cinco o diez minutos, en un tono exaltado y nervioso, en sensible crescendo, nos van dando noticias. La Generalidad sigue dominando y triunfando, pero no calla ni un segundo ¿Cómo es posible combatir, o dirigir el combate, y al mismo tiempo charlar de ese modo casi delirante? No nos dejan ni reflexionar. Cuando no hablan tocan discos de gramófono.
Hay una contradicción angustiosa entre el escándalo que levanta la radio y esa serenidad profunda de la noche sobre la ciudad. Diríase que Barcelona, vista de lejos, está en calma, y que la fiebre que sentimos se debe tan sólo a esa caja demente que nos lanza discursos inflamados, sardanas, rumor de descargas y boletines de victoria. La Santa Espina, Els Segadors, La Marsellesa, El Virolai, El Cant de la Senyera, con sus voces vibrantes o melancólicas de hombres, mujeres y niños -esas voces amadas del Orfeo Catalá-, procuran entusiasmarnos o distraernos, pero en realidad sólo consiguen aturdirnos espantosamente.
Eso es, en efecto, algo que no debe haber ocurrido nunca en el mundo, ni en Sudamérica, ni en los Balcanes, ni en China: un combate decisivo, a sangre y fuego, en el que se juega el presente de todo un país, y que se va dando por radio, entre alocuciones frenéticas y discos de gramófono. Si yo no lo hubiese vivido, no lo creería; pero las cosas ocurrían, por ejemplo, así: «Catalans! -decía de pronto el speaker-: Catalans! Catalans!... Atenció! Atenció!... Us va a parlar el Conseller de Gobernació de la Generalitat de Catalunya.» Y, en efecto, el general en jefe de las tropas catalanas se ponía al micrófono, dos, cinco, diez veces, y decía cosas como estas: «Catalans! Les tropes del Govern monarquitzant i feixista han provat d'assaltar la Cancillería de Gobernació i la Generalitat, peró han estat retxassades (sic) victoriosament, Visca Catalunya!» Pero más tarde, a medida que avanzaba la noche y crecía la angustia de los radioescuchas, el Consejero comenzó a gritar por la radio: «Catalans! Dempeus! Catalans! Alceu-vos en armes!» Pero, ¿para qué? ¿No estaban ya alzados, a aquellas horas, cuantos debían alzarse? Probablemente no, porque el extraño general que peroraba, más que combatía, continuaba llamando con la mayor urgencia a los socialistas, a los «rabassaires», a todo el que quisiera darse por aludido, hasta a los comunistas.
¿Un hombre de gobierno, pidiendo auxilio a los comunistas?... Poco después, con voz ya extenuada, se dirigían verdaderos y claros llamamientos a los pueblos cercanos a Barcelona para que mandasen a toda prisa refuerzos. ¿Refuerzos a los vencedores? ¿Y cómo podían venir, a altas horas de la noche, sin saber qué hacer, y dónde ni a quién dirigirse?.... Y así estábamos millares de catalanes, desconcertados y embrutecidos, oyendo cosas descomunales y sin poder hacer nada. Y lo más terrible es que, después de las noticias o las alocuciones tremendas, el speaker decía con una naturalidad espeluznante: «Vamos a continuar con Les Flors de Maig, de Clavé.» Y, en efecto, de aquel abismo sonoro, al que estábamos asomados con el alma entera desde hacía diez horas, mirando qué se decidía en su fondo vertiginoso, si la ruina o la salvación de la patria, surgían, insoportables, horribles, como mofas o blasfemias, unas voces melifluas cantando: Sota d'un sálzer -sentada una nina... Yo creo que nunca más podré escuchar, sin un estremecimiento de horror instintivo, esas abominables melodías.
Llegó un momento, ya a altas horas de la noche, en que el Consejero parecía poseído materialmente de una suerte de delirium tremens revolucionario. Llamaba a los catalanes, llamaba a los demás españoles, llamaba a las sombras de la noche, y las llamaba en castellano, con voces embarulladas y febricitantes. Una vez, acabó dando un gran «¡Viva España!», y en torno a ese grito resonaron nerviosos aplausos. ¿De quiénes?... Yo no podía más.
A las tres y media oí vagamente que todos los concejales estaban reunidos en el Ayuntamiento, para tomar acuerdos. También dijeron -y esto ya lo recuerdo como en el final de una pesadilla espantosa- que los «nuestros» habían tenido sólo nueve bajas y «el enemigo» muchísimas más; y, finalmente, que las fuerzas de la Generalidad habían copado un pelotón de soldados, haciendo treinta prisioneros, «que han sido desarmados y tratados como prisioneros de guerra».
Seguían los discos, y yo, rendido de cansancio -desde las cuatro de la tarde de ayer, hacía doce horas, estaba escuchando la radio-, corté la comunicación y me quedé dormido en mi asiento.
Domingo, 7.- ¿Dormido? No sé. Pero una hora después, a eso de las cinco y cuarto, la primera luz de alba, entrando por el ventanal abierto -que dejé oscuro, y ahora veo lleno de pálida luz-, me despierta con sobresalto. Un silencio asombroso. Me levanto. Me asomo a la barandilla. Miro hacia Barcelona. Una franja de cielo rojizo detrás de Montjuich. Una colcha de vaho y de niebla caliginosa, sobre la ciudad extendida. Ya sólo brillan tres o cuatro luces entre el caserío. Las fachadas lejanas tienen la palidez mate del amanecer. Escucho atentamente: ni el más leve ruido. Todo está callado, todo está desierto. Dos pájaros vuelan sin remover el aire, por el paseo de la Bonanova, de árbol en árbol. Miro al aparato de radio, a la caja infernal. ¿Qué pasará? ¿Qué habrá ocurrido en esa hora escasa que he dormido?
Temo saberlo. Pero el silencio es también otro tormento. Me acerco al conmutador. Le doy vuelta. Se enciende la lamparilla mágica. El corazón me tiembla, como el pulso. Un leve chasquido y ¡aquí está la misteriosa onda sonora! ¿Qué dice? Está mal regulada; no entiendo. Manejo las claves y... ¡santo Dios! ¡¡¡Todavía están cantando!!! Es inexplicable. Oigo Los Pescadors, de Clavé, las Fulles seques, de Morera; el Himno de Euzkadi, una alborada gallega. Estoy espiando lo que dirá el speaker después de cada pieza. Pero el speaker, con voz enronquecida y aliento exhausto -es el mismo de anoche, está ahí, como yo, desde ayer-, al terminar un disco se limita a declarar cruelmente: «Acabem d'oir Els Segadors. Ara oirem La Santa Espina.» Y repite lo mismo en castellano. ¡Nada más!
La musiquilla me destroza el alma. Pero, ¿cómo suprimirla? Si la quito me expongo a perder la palabra reveladora, la noticia anhelada. Soy como un miserable condenado a atravesar con pies descalzos un banco de ostras perleras, que le hieren y desgarran las plantas con sus cortantes aristas, y con todo, no sabe, no puede dejar de ir pisándolas y abriéndolas de una en una, temeroso de que si desprecia una sola, será la salvadora, la que contiene el codiciado tesoro.
Siento frío. Me pongo a pasear por la habitación. La luz va creciendo en silencio. La franja roja ha desteñido por todo el cielo, ahora de color de rosa. ¡Qué amanecer sereno! Están haciendo los días más espléndidos, más insolentemente bellos del otoño. El cielo y el aire, en su infinita indiferencia, tienen una serenidad aplastante.
Del mar lejano brota un rayo de sol que viene a pintar de luz la jaula de un balcón vecino. El ave prisionera se desvela y lanza un trino purísimo, de agradecimiento. Pasa otro rato de silencio. Dan las seis en la torre parroquial de Sarriá: suenan claras, lentas, casi luminosas, en el aire mañanero. No puedo más: la luz me ciega. Voy a irme a la cama. Y, de pronto, una voz nueva, grave, dice textualmente: «Atenció! Atenció! Atenció! Catalans! Catalans! Catalans!... Se us parla des del Palau presidencial de Catalunya... Atenció! Atenció! Atenció!... El President de la Generalitat, considerant esgotada tota resisténcia, i a fi d'evitar sacrificis inútils, capitula. Y aixi acaba de comunicar-ho al comandant de la quarta divisió, senyor Batet.»
¡Cómo! ¿Qué?... Lo repiten una vez y otra vez, hasta cuatro o cinco, en catalán y lo declaran también en castellano. Yo me dejo caer sobre un taburete, con la sangre helada en las venas, estupefacto, estúpido, mirando delante de mí. Debo de tener la expresión del hombre que se queda ciego instantáneamente. ¡Y para eso se declaró ayer la guerra, a las ocho de la noche! ¿Para perderlo todo diez horas después? ¿para que la Generalidad, tras de haber tenido todo el tiempo deseable, toda la libertad de movimientos apetecibles para preparar esta aventura, y después de no haber sido compelida ni obligada a emprenderla, sino de haber tomado ella misma la iniciativa, y escogido la coyuntura, la hora precisa que más le convenía, haya acabado dando a los enemigos de Cataluña el enorme gustazo de verla descartada, reducida a la impotencia, anonadada, en un abrir y cerrar de ojos, y a sus amigos el dolor de tener que abandonarla como se abandona un demente?...
A la segunda vez de oír la capitulación tremenda, como si mi cerebro fuese de cera blanda, me sé ya de memoria todas las palabras. Mientras el speaker las va repitiendo, yo se las dicto un instante antes, como un apuntador sonámbulo. La palabra CAPITULA la veo tan inmensa, que me tapa por completo toda la luz del día. Y un largo rato, a solas, de mis ojos que ya no ven nada, y de mi corazón, que ya no puede sentir más, se me saltan en silencio, involuntariamente, inútilmente, las lágrimas.
martes, 28 de julio de 2020
Twitter versus WhatsApp
(...) una "opinión guardada a puerta cerrada, no pública, cuyo contenido puede diferir muy notablemente del contenido de la opinión pública propiamente dicha, pero cuyas tesis circulan junto a las tesis de la opinión pública igual que las unidades monetarias de una segunda divisa" (1)
domingo, 31 de mayo de 2020
A finales de Enero
martes, 5 de febrero de 2019
Connivencia o ruptura?
"Todas las características de los procesos de connivencia están dominadas por la necesidad fundamental de respetar el ordene establecido; el acusado se declara no culpable y niega los hechos o bien se declara culpable y alega en su favor circunstancias excepcionales." (p. 29).
Procesos de ruptura
"En un proceso de connivencia no hay más que una voluntad de vencer: la de la acusación. En un proceso de ruptura, hay dos. (...) La ruptura transtorna toda la estructura del proceso. Los hechos pasan a un segundo plano, así como las circunstancias de la acción; en primer plano aparece bruscamente la impugnación total del orden público". (p. 64).
La elección del acusado
"Un proceso no es una trampa del destino. Su desarrollo depende de la elección del acusado. En ningún otro momento le son dads a un hombre tantas posibilidades de vencer a tantas fuerzas coaligadas. Sólo está desarmado el que arroja sus armas. Se ha dicho que la ambición del que no tiene competencia es un crimen; también lo es la desdicha del que no tiene valor." (p. 127).
Referencia
Jacques Vergès (1968). Estrategia judicial en los procesos políticos. Anagrama, colección Argumentos 391. Primera edición, 1970. Reedición de 2009. Traducción de María Teresa López Pardina, con posfacio de Jorge Herralde. 159 páginas.
martes, 31 de julio de 2018
Políticas de identidad
El artículo sobre Julia Kristeva, en el que se apunta cómo empezaron las guerras culturales.
Mark Lilla
The once and future liberal: after identity politics.
Harper, 2017. 146 páginas. ISBN 978-0-06-269743-1
La respuesta de la izquierda estadounidense (progressives y liberals) a la era Reagan ha sido la política de identidad. Esta política, centrada en la afirmación de la identidad individual, se ha construido en las universidades, reducto de la izquierda americana. Para el autor, a pesar de los logros para determinados grupos sociales, estas políticas la posibilidad de colaborar en construir una visión compartida, convierten al enemigo en adversario y contestan a la anti-política republicana con una pseudo-política liberal.
Angela Nagle
Kill all normies: Online Culture Wars From 4Chan And Tumblr To Trump And The Alt-Right.
Zero Books. 137 páginas, 2017. ISBN 978-1-78535-544-8 (ebook).
La trampa de la diversidad
Akal (A Fondo). 2018, 256 páginas (edición papel). ISBN 978-84-460-4626-4 (edición Kindle).
Las políticas de diversidad entendidas como identidades que proporciona el mercado a individuos sin conciencia de pertenecer a un colectivo. En este estado de cosas, ser "trabajador", ser "de izquierdas" o "católico" son algunas de las ofertas de identidades existentes en el mercado. Lo que no es concebible es una alternativa a este mercado.
Mark Fisher
Exiting the Vampire Clastle
I’ve noticed a fascinating magical inversion projection-disavowal mechanism whereby the sheer mention of class is now automatically treated as if that means one is trying to downgrade the importance of race and gender. In fact, the exact opposite is the case, as the Vampires’ Castle uses an ultimately liberal understanding of race and gender to obfuscate class.
jueves, 17 de mayo de 2018
El inicio de las guerras culturales
In consequence, French intellectual life was wholly transformed. The Sartrean model of the engaged intellectual was upheld, but its content was totally reconfigured. Insight into the debilities of political vanguardism impelled French writers and thinkers to reevaluate the Dreyfusard legacy of the universal intellectual: the intellectual who shames the holders of power by flaunting timeless moral truth…. The Maoists started out as political dogmatists and true believers. But they soon found it impossible to reconcile their pro-Chinese ideological blinders with the emancipatory spirit of May. Once they ceased deluding themselves with revolutionary slogans, they began to understand politics in an entirely new light. The idea of cultural revolution was thereby wholly transformed. It ceased to be an exclusively Chinese point of reference. Instead it came to stand for an entirely new approach to thinking about politics: an approach that abandoned the goal of seizing political power and instead sought to initiate a democratic revolution in mores, habitudes, sexuality, gender roles, and human sociability in general.
viernes, 9 de febrero de 2018
Imperiofobia
Una aproximación a las tesis de esta obra pueden encontrarse en este artículo de la propia Roca Barea en El Mundo. Les traigo también críticas a esta aproximación de Miguel Martínez en CTXT, y de Juan Eloy Gelabert en Revista de Libros.
viernes, 26 de enero de 2018
El partido político
Para que exista un partido es necesario que confluyan tres elementos fundamentales (propiamente, tres grupos de elementos):Antonio Gramsci. Antología. Selección, traducción y notas de Manuel Sacristán. Akal, reimpresión de 2015. (p. 311-312).
1) Un elemento difuso, de hombres comunes, medios, cuya participación está posibilitada por la disciplina y la fidelidad, no por un espíritu creador y muy organizado. (...)
2) El elemento principal de cohesión, que centraliza en el ámbito nacional, que da eficacia y potencia a un conjunto de fuerzas que, abandonadas a sí mismas, contarían cero o poco más; (...)
3) Un elemento medio que articule el primero con el segundo, los ponga en contacto no solamente "físico", sino también moral e intelectual.
domingo, 18 de septiembre de 2016
Debate
Artículo de Maria Rovira (concejal de la CUP Capgirem Barcelona)
Respuestas de Empar Moliner y Bernat Dedéu
sábado, 12 de marzo de 2016
Gentrificación
El protocolo que se utilizará en esta intervención será recurrente en los sucesivos planes urbanísticos pensados para zonas habitadas poco rentables económica o políticamente. La estrategia era la de provocar confusiones convirtiendo hechos particulares en generales, disfrazando intereses privados como si fueran colectivos y estigmatizando o ignorando completamente la presencia de los afectados por las reformas. Los grandes proyectos urbanísticos en esta nueva época empiezan a gestarse cuando se atribuye a un barrio determinado una centralidad y, por lo tanto, una nueva posibilidad de producir plusvalías inmobiliarias.
Seguidamente, se aprovecha algún hecho infamante ocurrido en el barrio para iniciar una campaña de descrédito y estigmatización por parte de los medios de comunicación que colabore en la definición de la zona como «hostil» o «problemática» y que, en consecuencia, reclama una intervención contundente. Dicha contundencia suele expresarse fatalmente con el proyecto de destrucción de fincas o de manzanas enteras, que deberá «higienizar» o «esponjar» el terreno.
Las expropiaciones e indemnizaciones a los vecinos también suelen estar rodeadas de sospechas sobre la insuficiencia o el regateo de los recursos destinados y las garantías para mantener a estos habitantes afectados en el barrio. Una vez «esponjada» la zona, se construyen equipamientos y nuevas viviendas destinadas al consumo de población con niveles adquisitivos progresivamente más elevados que la de los residentes históricos. Y, finalmente, empieza a desembarcar esa nueva población con un mayor poder adquisitivo. Éste será el último paso para hacer irse a los vecinos que aún no lo han hecho, como resultado directo de las expropiaciones o indemnizaciones mencionadas.
lunes, 9 de junio de 2014
Sobre Podemos
Un artículo de Ruth Toledano en el que se acusa a Pablo Echenique de especismo y en el que, desde la óptica de un nuevo paradigma, se le indica a lo que debería (o debiera, según el párrafo) haberse referido. No tenemos noticia de que Echenique haya realizado la oportuna autocrítica enlace
Un artículo de Clara Grima en el mismo medio, en el que se da cumplida respuesta al artículo anterior enlace
Los círculos de podemos
Un post en el blog de Carles Garcia sobre su experiencia en los círculos de Podemos enlace
sábado, 23 de febrero de 2013
viernes, 11 de enero de 2013
Hotel hobbies
Gran parte del atractivo de esta modalidad de alojamiento viene dado por la fama de algunos residentes permanentes en hoteles de lujo. Es el caso de Xavier Cugat, Julio Camba o Vladimir Nabokov. Pero para el proletariado de los inquilinos permanentes esta opción tiene ventajas e inconvenientes.
En nuestros días, el exponente más conocido de este tipo de vida es Josep Antoni Duran i Lleida. Este personaje clave de la vida política madrileña, con residencia permanente en Barcelona, se hospeda en una lujosa suite del Hotel Palace cuando sus obligaciones como diputado le retienen en Madrid. A saber qué pactos y decisiones se habrán pergeñado (en Madrid las cosas se pergeñan) en esa lujosa suite, uno de los lugares centrales de la política española.
En esta famosa foto, vemos a Duran i Lleida empezar una intensa jornada de trabajo. El huésped ya ha recibido los diarios del día, el desayuno con yogur desnatado, y su dura tarea es aliviada por algunos detalles de gran lujo, como el agua Bezoya en botella de vidrio.
No sé si Duran estaría de acuerdo con el ideal del gran hotel de otro ilustre inquilino permanente, Vladimir Nabokov:
What is your ideal of a splendid grand-hotel?Referencias
Absolute quiet, no radio playing behind the wall, none in the lift, no footsteps thudding above, no snores coming from below, no gondoliers carousing across the lane, no drunks in the corridor. I remember one awful little scene (and this was in a five-turret palace with the guidebook sign of a red songbird meaning luxury and isolation!). Upon hearing a commotion just outside the door of my bedroom, I poked out my head, while preparing my curse-- which fizzled out when I saw what was happening in the passage. An American of the traveling-executive type was staggering about with a bottle of whisky and his son, a boy of twelve or so, was trying to restrain him, repeating: "Please, Dad, please, come to bed", which reminded me of a similar situation in a Chekhov story.
Entrevista de Simona Morini a Vladimir Nabokov, realizada el 3 de febrero de 1972 en Montreux, y publicada en la revista Vogue el 15 de abril del mismo año. Texto completo.
viernes, 4 de enero de 2013
La escopeta nacional
Fuente: Juan Gómez-Jurado
domingo, 2 de diciembre de 2012
Dos gráficos sobre las elecciones al Parlament 2012
lunes, 16 de abril de 2012
La caza y el príncipe
Una posible respuesta la podemos encontrar en El Príncipe, de Nicolás Maquiavelo, que como es sabido trata de las cualidades del buen príncipe (en el siglo XIV), tomando como modelo a un antecesor del actual monarca, Fernando el Católico. En concreto, en el capítulo XIV, de los deberes del príncipe para con la milicia, podemos leer:
"En consecuencia, un príncipe jamás debe dejar de ocuparse del arte militar, y durante los tiempos de paz debe ejercitarse más que en los de guerra; lo cual puede hacer de dos modos: con la acción y con el estudio. En lo que atañe a la acción, debe, además de ejercitar y tener bien organizadas sus tropas, dedicarse constantemente a la caza con el doble objeto de acostumbrar el cuerpo a las fatigas y de conocer la naturaleza de los terrenos, la altitud de las montañas, la entrada de les valles, la situación de las llanuras, el curso de los ríos y la extensión de los pantanos. En esto último pondrá muchísima seriedad, pues tal estudio presta dos utilidades: primero, se aprende a conocer la región donde se vive y a defenderla mejor; después, en virtud del conocimiento práctico de una comarca, se hace más fácil el conocimiento de otra donde sea necesario actuar, porque las colinas, los valles, las llanuras, los ríos y los pantanos que hay, por ejemplo, en Toscana, tienen cierta similitud con los de las otras provincias, de manera que el conocimiento de los terrenos de una provincia sirve para el de las otras. El príncipe que carezca de esta pericia carece de la primera cualidad que distingue a un capitán, pues tal condición es la que enseña a dar con el enemigo, a tomar los alojamientos, a conducir los ejércitos, a preparar un plan de batalla y a atacar con ventaja."
Esta justificación de la actividad cinegética de los reyes podía tener justificación en el siglo XIV, pero no en la actualidad, una época en la que las cuestiones militares se rigen por parámetros bien diferentes de las de entonces, y con todas seguridad no están bajo el gobierno real de los príncipes. Sin olvidar el hecho de que bien poco se puede aprender en Botswana de la orografía de la Península Ibérica.
Y si es absurdo que los reyes, y no solo los reyes, se dediquen hoy en día a la caza mayor, no menos absurda es, claro está, la pervivencia de la monarquía como institución.










